Wednesday, November 22, 2006

Me he mudado

Más información en mi emilio: mopi7, algarroba, etcétera.

Sunday, October 22, 2006

Lecciones de Marina sobre el amor, volumen II

En los cuentos siempre hay una advertencia. Cuando el mago, o el hada, o quienquiera que sea que va a ayudar o a imponer una prueba al héroe, le explica cómo debe hacerlo, suele incluir un aviso. “No toques nada” o “no comas nada” o “no mires a los ojos de la estatua” o “no vuelvas la vista atrás”. Y siempre, no falla, el héroe cae en la trampa y hace caso omiso de las instrucciones. Luego, en general, aunque las cosas se embarullen por su culpa, encuentra la forma de salir airoso, que para eso es un cuento y termina bien. Hoy me pregunto: ¿por qué? La advertencia era sencilla. Era un compromiso. Decir una cosa y hacerla. Es por tu bien, no por putearte. Y los héroes siguen liándola, cogiendo comida o tocando las riquezas o mirando atrás como subnormales. Podrías haberlo hecho bien, podrías haber sido rico y feliz, podrías haber salido victorioso y no lo has hecho.
Los cuentos son la realidad. Los humanos tocamos la plancha para ver si está caliente y pasamos los dedos por encima de los cuchillos para ver si están afilados. Nuestras madres nos dicen que nos abriguemos y no lo hacemos. Nuestras parejas nos dicen que no les mintamos y lo hacemos. Y luego, cuando nos quemamos, nos cortamos, nos resfriamos o nos dejan, nos quejamos.
Así nos va.

Tuesday, October 17, 2006

Extraña mezcla

Creo que lo malo, no ya de escribir, que al fin y al cabo tampoco escribo tanto, sino de leer, es que una acaba adquiriendo una especie de deformación no profesional, por así decirlo. Se podría llamar "sentido de la historia" (me lo acabo de inventar). En mi caso, consiste en que tiendo a buscar que mi vida, o incluso las vidas de los demás, tengan una conexión, un orden. Las personas no son personas, sino personajes, y tienen sus motivaciones ocultas, sus caracteres arquetípicos y una especie de destino, fatal o no, que los lleva a un sitio que no tengo muy claro cuál es, pero existe.
Así, miro mi vida y pienso que si fuera una novela no tendría ni pies ni cabeza. Como mucho, sería un mamotreto tipo John Irving, como "El Mundo según Garp": un libro que no tiene más remedio que gustarte pero cuyo argumento, al final, no podrías explicar con precisión. Una sucesión más o menos entretenida de peripecias vitales que no se sabe bien si llevan a alguna parte.
Todo esto viene a que J. me dijo el otro día una frase que me gustó: "la extraña mezcla de circunstancias que es mi vida, y que no tengo más remedio que aceptar, porque no tengo otra". Yo a veces veo mi vida un poco absurda. Ni mala ni buena; absurda, sin más. Y la mayoría del tiempo no la acepto y me pongo a buscar frenéticamente el personaje que le falta o el cápitulo que le dará un poco de redondez al argumento.
Hoy, sin embargo, he desayunado en la facultad un mollete y un café con leche. Mientras esperaba en la barra he suspirado profundamente. "Vaya suspiro, hija mía", me ha dicho el camarero mientras me servía la leche en el café. "Es que estoy contenta", me he apresurado a aclarar yo, "contenta de desayunar".
Así que hoy sí que me gusta esta extraña mezcla de circunstancias que es mi vida.

Tuesday, October 10, 2006

Escala de valores

Está la escritura, sí. Está que el arte, o su sucedáneo, no se censura. Está la sinceridad, los exorcismos vía literaria; está que mi verdad es mi verdad, y es mi decisión contarla o no hacerlo, y que los castillos de arena de los demás son, pues eso, sus castillos, y no es mi responsabilidad mantenerlos en pie.

Pero también está la gente que te importa, y cosas menos tangibles que las letras pero más reales que ese ente informe al que llamamos literatura. Están la tristeza, el dolor y el miedo, la culpa y la angustia, el perdón y la reconciliación.

Cada uno los ordena de una manera. Para mí, sin duda, la escritura, o su sucedáneo, va después.

Wednesday, October 04, 2006

Ingenioso diálogo estilo ingenioso filólogo

- ¿Es usted la bloguera que me llamó para concertar una cita?
- La misma.
- De acuerdo, pase y siéntese.
- Gracias, doctor. Qué consulta más agradable tiene.
- Dejémonos de cortesías y vamos al grano. ¿Qué síntomas tiene?
- Veamos... no puedo bloguear.
- Vaya, vaya... así que no puede... Seamos francos: ¿no puede o no quiere?
- Quiero, doctor, quiero, pero las circunstancias de la vida me lo imposibilitan.
- ¿Qué circunstancias?
- Pues... para empezar, no tengo línea de teléfono en casa.
- Vaya por Dios... eso es grave. Pero quizás pueda usted encontrar una vía alternativa... un ciber o algo parecido.
- Verá: el único ciber que hay cerca de mi casa es un locutorio diminuto donde no se puede postear.
- ¿Por?
- Primero: es muy pequeño; segundo: hay mucha gente siempre entrando, saliendo y gritando; tercero: los teclados son una porquería, están duros como piedras, y no es que yo sea una fetichista de los teclados, pero con esos, francamente, no se puede.
- Pues estamos buenos.
- Eso opino yo. Además, mi gatita está enferma, mi chico está lejos, tengo que fregar platos y, en general, estoy dentro de la pequeña crisis del comienzo de curso: adaptación y etc.
- Entonces...
- ¿Me dará la baja?
- Bueno, es un caso un poco especial, quizás pueda hacerlo... pero no por mucho tiempo. Le firmaré una baja del territorio bloguero durante unos días, pero no más. En cuanto sus circunstancias cambien, debe usted retomar su labor. De lo contrario, perderá sus privilegios y dejará de percibir sus remuneraciones.
- ¿Qué remuneraciones, doctor, si a mí por esto no me dan un duro?
- Remuneraciones simbólicas, hija... comentarios, respeto ajeno, links...
- Bah, tampoco pierdo mucho, entonces.
- Usted sabrá. Yo con firmarle el papelito, cumplo.
- De acuerdo, doctor, muchas gracias.
- De nada, guapa, a mandar.

Wednesday, September 27, 2006

Clementina

No puedo dormir, pensando en angustias existenciales como el amor, el tiempo y la distancia o por qué mi padre ya no me da las buenas noches. Con las lágrimas rodándome por las mejillas sin esfuerzo, como lágrimas de princesa de cuento, bajo al salón y me abrazo a la Clemen. Para ser más exactos, Clementina está hecha un ovillo en su sillón (sí, su sillón), y yo me enrosco a ella procurando no tocarla demasiado, para que no se agobie. Está un poco apagada, pero normalmente no es lo que se dice la gata más activa del mundo, así que no me preocupo. Durante al menos media hora las dos estamos así, juntas, yo acariciándole el lomo, ella cambiando de postura de vez en cuando para que le haga cosquillas por aquí o por allá. A ratos, simplemente, pongo mi mano sobre su cuerpo y la siento subir y bajar al ritmo de su respiración. Luego intento yo respirar al ritmo de sus ronroneos y, poco a poco, voy relajándome, como contagiándome de su paz.
Me incorporo y me inclino sobre ella para darle el beso de buenas noches en la cabecita naranja, cuando de repente la veo. Es una gota rosada y redonda que reposa junto a mi gata, sobre la tela beige que cubre el sillón. Al principio creo que es malta (una sustancia que se les da a los gatos para que no vomiten el pelo), pero la toco, la huelo y me doy cuenta de que es sangre.
De repente un miedo frío me sube por la espalda. Mi gatita sangra. La pregunta principal es ¿por dónde? Lo primero que pienso es en el culito: cáncer de colon, metástasis, muerte. Así soy yo, amigos: optimista. Le miro en el lugar donde el lomo pierde su digno nombre, pero no hay nada; ni rastro de sangre. Entonces descubro una herida en el lomo que sangra no copiosa pero sí notablemente.
Aquí es donde me acojono. Pregunto a mi madre, la médico, que reposa tranquilamente en su cama. “Comprime”, me dice “haz un apósito con gasas y algodón y comprime”. Así que yo bajo e intento comprimir, pero la gata se queja, se revuelve, intenta arañarme sin mucho éxito (porque la Clemen no saca las uñas en la vida). En un descuido, sale por la ventana, baja las escaleras y se esconde en el coche del vecino. Hemos perdido a la paciente, señores. Vuelvo a casa y agarro lo único que motiva a Clementina por encima de todas las cosas: su comedero repleto de pienso para gatos gordos. Lo agito y acude una gata quejosa pero motivada, bamboleando su panza a ambos lados del cuerpo. Mientras come, puedo ver mejor la herida. No es muy grande, pero sangra. Subo a consultarle a san google: primeros auxilios en animales. Heridas: si sangran, comprimir y llevar a veterinario.
Bajo de nuevo. Miss Mandarina se ha subido al sillón y vuelve a reposar, llenándolo todo de sangre. Entonces le hablo: “Clementina, ha llegado el momento de ser valientes. Duele, pero a veces hay que aguantarse el dolor. No siempre, pero a veces sí, y esta es una de esas veces. Y por eso ahora yo te voy a coger por el cuellecito para que no te muevas y te voy a poner esto en la herida”.
Los animales están dramáticamente indefensos. Clementina no me entiende, y por eso le da pavor que yo le aplique el apósito en su herida. Sólo sabe que duele y que ella no quiere dolor, así que intenta zafarse. En este caso, yo le causo un dolor menor para evitar un mal mayor y, aun así, ella sufre. Si fuera humana, podría controlarse, abstraerse, distraerse, pero no puede. Aunque creo que me comprende un poco, porque cuando le acaricio el cuello mientras comprimo la herida y le musito palabras de apoyo, se deja hacer… gruñendo un poco, pero se deja. Se zafa al cabo de un rato, pero es suficiente como para cortar la hemorragia de momento. Mañana la llevaremos al veterinario, siempre y cuando siga sin sangrar cuando yo haya acabado este texto (si no va ahora derechita).
Cuando he empezado a escribir sobre la Clemen quería contaros algo rollo literario-intimista: el miedo que me ha entrado de que a mi gatita, uno de los seres a los que más quiero en el mundo, le pasara algo. Quería decir que todos los malos rollos de mi cabeza se han desvanecido y me he concentrado en que la chiquitita no sufra.
Pero no puedo acabar este post sin aclararos que, leyendo lo anterior, ¿cómo iba yo a comer, por Dios, animales? ¿Cómo iba a apoyar a una industria en la que a miles de animales se les inflige dolor, físico y moral, sin que nadie les dé unas palabritas de aliento, y sin más fin que el de servir a nuestros paladares, nuestros pies o nuestro abrigo? Los que tenemos la suerte de convivir con animales y podemos ver en ellos el dolor, la incomprensión y el miedo (un miedo que no puede ser elaborado, ni paliado, ni apartado… un miedo que es total, porque no cuenta con las herramientas que poseemos los hombres para alejarlo), deberíamos (de hecho, debemos) empatizar con el sufrimiento de los millones (MILLONES) de criaturas que pasan por eso durante TODOS los días de su vida sólo por no ser tan monos como nuestros gatos/perros/chinchillas/peces de colores.
Nunca me ha gustado hablar de ese tema en este blog, pero una de mis consignas es la honestidad, y siendo honesta esta noche, lo que quería escribir era exactamente esto.

Sunday, September 24, 2006

Lo pequeño es hermoso

Me levanto por la mañana y lo primero que veo es mi poster de “El Beso” de Klimt colocado en la puerta de mi habitación. Mientras me visto, mis ojos se posan en el capítulo siete de Rayuela, que he copiado en rotulador violeta y pegado junto al cabecero de la cama. “Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca…”. Dudo que se haya escrito jamás algo tan hermoso.
Me miro en el espejo y pienso que quizás me corte el pelo estilo Amelie, porque la verdad, desde que vi esa película me siento muy identificada con ella. Ese buscar la magia en lo cotidiano, esa capacidad de hacer felices a los demás con las pequeñas cosas… definitivamente sí; esa soy yo. De hecho, creí que era la única a la que le encantaba tirar piedras al agua o meter la mano en las legumbres, pero no.
Antes de salir, cojo un puñado de caramelos de fresa y los meto en la cartera. ¡Soy tan adorablemente ingenua! Mientras camino hacia la parada del autobús, pienso en cuánto me gustaría ser como Alicia en el País de las Maravillas y pasar el día de hoy al otro lado del espejo, donde seguro que no hay humo de coches, ni ruido de claxon, ni profesores coñazo. Me echo un cigarro esperando el bus y mirando las antenas de la televisión suspendidas sobre los edificios. Estos pequeños detalles son los que la mayoría de la gente pasa por alto, y sin embargo son los que realmente conforman la vida.
Durante la clase me siento aturdida. Todo tiene tan poco sentido. Soy tan insignificante. No soy mujer ni soy niña, no estoy viva ni muerta, no soy ni de aquí ni de allá. Pero qué vacío existencial tan grande tengo a veces.
Desayuno en la cafetería un café solo mientras fumo y ojeo “El principito”, que siempre llevo en mi mochila. Me encanta el capítulo del zorro. De hecho, siempre pienso en X cuando lo leo. Nosotros somos como el principito y el zorro: no nos enamoramos, sino que nos domesticamos. Ay, X… ¿por qué nuestro amor es imposible? ¿por qué, si tú y yo somos piel, y azúcar, y tu lengua horada la mía en profundidades místicas? Termino mi café y me acerco suspirando a la biblioteca.
Paseo por entre los libros y acaricio reverencialmente a Cortázar, a Camus, a Neruda. Sólo entre libros me siento completamente yo. Me fascina la idea de que haya historias quietas entre sus páginas que vuelven a la vida cuando nosotros las abrimos. De hecho, desde que leí “El Mundo de Sofía” a veces pienso si no seré yo un personaje que ha ideado alguien de una realidad alternativa.
Me acerco a uno de los ordenadores y aprovecho para dar un repaso a mis blogs favoritos. A ver qué se cuece por “Chica con falda roja” (uy, se me olvidaba que lo cerró hace unos meses). Bueno, pues veamos qué se cuenta Aracne. Leo a Golfo y le dejo un comentario. Me siento tan identificada con él, con sus miradas sobre la ciudad, con sus tejados… Un día de estos le agregaré al messenger, a ver si además es guapo.
Vuelvo a casa con la sola mención de un pequeño incidente: se me han enganchado los cascabeles de la falda en la puerta del autobús y casi arranca llevándome a mí detrás. Almuerzo mientras leo “La insoportable levedad del ser” y luego me echo una siestecita cubierta con mi manta de cuadros. Ah, la melancolía de las tardes de otoño. Ah, las hojas secas. (Nota mental: otoño, posible idea para un poema).
Por la noche, después de un largo día de emociones y sucesos, me siento un rato frente al ordenador. De repente he tenido una terrible intuición. No puede ser. Teceo blogger.com no exenta de pánico. Mientras inserto mi nombre de usuario y la contraseña, me doy cuenta de que no tengo escapatoria. Por fin veo el escritorio y se confirman mis peores temores.
¡Oh, no!
¡¡SOY UNA BLOGUERAAA!!